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viernes, 4 de octubre de 2019

El que habita debajo de su cama

Estuve deseando aquel momento todo el día; en el que se tumbó en la cama. En el que puso en su móvil las canciones de siempre para poder dormir. El momento en que apagó la luz, y no precisamente la de su lámpara. 
Como todas la noches salí de mi escondrijo. En silencio me coloqué a sus pies. No quise asustar, ni atemorizar, no en ese instante. Pude ver su pecho bajando y subiendo tranquilamente, pero algo en mí me decía que esa falsa serenidad fue fruto del cansancio. Sus hermosas ojeras eran muy chivatas. 
De pronto una vuelta. En seguida otra. Y sin que el tiempo pasase volvió a rodar por las sábanas desechas. Apareció el llanto. De sus ojos nació la lluvia y de su boca la tormenta; por ahí salieron abundantes rayos y truenos. Toda tempestad entre cuatro paredes. 
Así demasiadas noches. Demasiados días. Demasiado tiempo.
Y a mí, no sé por qué, de nuevo se me encogió algo que llevaré por dentro.
Entonces me coloqué a su lado, acaricié su pelo mientras sollozaba en la almohada, hasta que por fin le venció el maldito sueño. Arropé su cuerpo yacente. 
Pues, ¿Qué más podría hacer?
Solamente soy su monstruo, el que habita debajo de su cama y quien ahora se asusta al verle. 





martes, 24 de septiembre de 2019

Se volvió a destruir todo

Se quedarán conmigo todas las caricias, al igual que nuestros labios seguirán pegados y jugaran mil millones de veces a comerse. Me preguntaré todas las mañanas cómo seguiré admirando el brillo de tus ojos cada vez que te vea sonreír sin que notes nada. De por qué volvieron a nacer mariposas si en su tiempo las maté todas, o de lo que me costó levantar el muro. Y de lo que dolió dejar de sentir. 
Se volvió a destruir todo. 
Con esa calor. 
Con esa ternura. 
Con esa luz.
Se volvió a destruir todo porque llegaste tú. 


jueves, 16 de mayo de 2019

La atrapó

Hubo viento. 
Las nubes casi las pudo tocar. 
Su base de tierra, arena y polvo. 
Ante sus ojos el horizonte.
Infinito. 
Jugó con su pie descalzo a acariciar el vacío. 
Con sus manos quiso tocar algo que nunca existió, pero ahí estuvo. 
Lo decidió. 
Sin más lanzó su cuerpo. 
Aunque el aire intentó retener.
Demasiado peso. 
Ese peso en la espalda que jamás se quitó.  
La vida.
Y en picado, como águila que va a por su presa, cayó.
Presa que no era otra que su muerte. 
La atrapó. 








viernes, 8 de febrero de 2019

Ya eran mías

Sentí el desgarro. Dolió.
Mi piel, como papel de fumar, se rompió dejando paso a hilos de sangre que por la espalda fluyeron calientes. Llovió millones de pelusas blancas. 
Lo sentí crecer. Lo sufrí. Aquellos gritos desgarradores no fueron por otro motivo. Brotaron enormes. Tanto, que al extenderse eclipsaron la poca luz que hubo. De rodillas en el suelo, ya sin la angustia, el instinto hizo que abriese los ojos y vi lo que tanto deseé en años. Lo que tanto ansié formó parte de mí. Ya eran mías. 

Mis alas.
Mis amadas y hermosas alas. 

Con fuerza alcé el vuelo; valiente, decidida. Lo único que me golpeó fue el viento, y supe qué es surcar un cielo lleno de estrellas. Atravesé nubes sin que nada me hiciese daño. Por fin, salí de esa maldita galera. Por fin, dejé todo atrás. 

Resucité.