Día 31 de octubre, 12:00 de la noche. La luna observa desde
lo alto del cielo, vestido de riguroso luto, como voy avanzando en este oscuro
lugar lleno de cipreses.
Siento frío, o eso mismo creo yo. Mi linterna se va apagando
cada vez más, le queda muy pocas pilas. Aumenta mi agonía por salir de aquí
pero, no encuentro la salida. Alumbro como puedo los pasillos de nichos con sus
respectivos nombres, se clarea algunas fotografías de sus dueños y siento las
miradas de cada uno de ellos acusándome de no dejarles descansar.
Todo mi cuerpo tiembla, se nota por la luz de la linterna
que se mueve demasiado por mi culpa. Intento dar pasos firmes por este camino
de piedras, no quiero que piensen que tengo miedo, pero es imposible.
Oigo con el viento sus risas, una leve vocecilla de
ultratumba pero, quiero pensar que es mi subconsciente quien me juega esta mala
pasada.
A lo lejos del pasaje puedo distinguir, con la poquita luz
de la dichosa linterna, el portón de hierro que separa la muerte con la vida.
¡Por fin la salida!
No salí corriendo, pensé que sería una estupidez. Entre que
la pila se agota y la senda llena de piedras... podría caerme, no quiero sufrir un
pequeño traspiés. Me encuentro solo entre tantos seres inertes. Seguro que no
me ayudarían a levantarme.
Una pequeña sonrisa se perfila en mi rostro mientras me
aproximo a la puerta pero, no me duró mucho esa “felicidad”. De golpe un escalofrío
entró por mi cuerpo al ver la sorpresa que me tenían preparada los habitantes
del camposanto. La dichosa linterna se apagó. El portón, estaba cerrado.